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En la matriz de la carrasca

Ahora que he cruzado
de una en una las doce hojas
con sus treinta y pocos renglones.
Que alegre y obstinada esta brisa
trae de vuelta la primavera.

Que en pie y sin zapatos regreso
de la justa de nuestro cuerpo frágil.
Que vengo con mi soledad completa.
Ahora, velados, entre mis dedos
resbalan los recuerdos.

¿Qué haré si estoy descalza
apenas incorporada?
¿Qué haré con este negro vacío
que sobreviene a mi esperanza?

De mí perdida y vacua
sin puntos cardinales,
ni viejas referencias
Apenas desolada, apenas sorprendida,
apenas vehemente, apenas desdichada.

Y yo que suelo hablar
con golondrinas, apuro
como un vaso el silbido
gracioso de sus mercados aéreos.
Y ellas que atan mi mirada
me amarran al zigzag de su rapsodia
y trazan estas alas en mi espalda.

¿Qué haré con esta vocación de arar caricias?
¿Qué haré a cuestas con mi sola sombra?
¿En qué tapices de rubicundo
aroma me tenderé mañana?

Descarnada la profunda torsión
de mi cepa enardecida,
vuelvo a la floresta y dejo la calle,
vuelvo a la matriz de la carrasca
Y en el sosiego fresco de sus brazos
me atrinchero en la espesura.

Lejanos, en la negra colmena,
de cientos en cientos,
los gritos de mil niñas
se anudan a mi grito.
Pero yo, poeta ya en la tarde,
deshago lentamente
las guirnaldas de mis trenzas.

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