
A las 7 de la mañana en el campanario en el que vivo, la brisa de junio está poblada del reclamo de decenas de vencejos. Y los tengo acostumbrados, vuelco mi cuerpo sobre el alféizar de la ventana, estiro el brazo y mis alados amigos ya no modifican su trayectoria. Me reconocen. A fuerza de observarlos, con medio cuerpo en precipicio, he creado un espacio de confianza corporal en el que me dejan amarlos. Sé que me reconocen, saben que soy esa vecina que los mira y los admira mientras ellos viven en su vertiginosa algarada.
Como yo con mis vencejos, a veces la confianza corporal se consigue a fuerza de costumbre, paciencia, cariño y entrenamiento. Así sucede con las muixerangas, extraordinarias torres humanas edificadas con cuerpos sobre hombros entrelazados con otros hombros. Corriente ascendente de trabajo en equipo, de confianza, sostén, fuerza, equilibrio y cuidado que se eleva sobre el suelo para abrazar el aire.
Pero en otras ocasiones, la confianza corporal es instintiva. Nace de un gesto determinado, como me sucedió aquel día en aquel restaurante de Londres en el que un señor cubano me invitó a bailar salsa. Y yo, indómita bailarina, incapaz de seguir a nadie, con la sabia presión de dos de sus dedos en mi espalda, volé y bailé salsa como nunca hice.
Años más tarde, encontré la misma presión firme y suave en un cicloactivista holandés que, al percibir mi miedo sobre la bici, entre el vertiginoso tráfico del París del clima de 2015, me miró con dulzura y simpatía y me preguntó: «¿Confías en mí?» Lo hice y, gracias al sostén de su mano sobre mi espalda, crucé la ciudad a la vera del Sena envuelta en la vibrante felicidad de ser un enjambre de bielas amariposadas, brillantes e idealistas. Y aquel ciclista estuvo todo el tiempo a mi lado, manillar con manillar, su brazo extendido, su mano soportando mi espalda, calmando mi vértigo, regalándome su impulso y su aliento sin dejarme atrás. Cuando llegamos al Arco de Triunfo, a la gran manifestación por el clima, a la gran biblioteca de Babel de las luchas climáticas, nos abrazamos. Todavía conservo esa foto en la que posamos sonrientes, ataviados con nuestras pinturas de guerra.
La confianza corporal, a veces, es instintiva. Surge así, de repente, en el instante en el que alguien que apenas conoces extiende su mano, te toca la cara y ese contacto, inexplicablemente, es íntimo y seguro. Sí, eso me sucedió.
