
A veces me invade un extraño animismo vegetal y creo que la vida de mis plantas está entrelazada a la mía. Así que si un día una de ellas enferma y no encuentro la forma de devolverle la salud, temo que soy yo misma la que está enferma y que es mi espíritu el que proyecta sombras sobre su estimada y delicada vida. Otras, por el contrario, creo que son ellas las que me dan permiso para vivir. Me obligan a ser fuerte. No exagero cuando os cuento que esta primavera habré subido más de 600 litros de tierra para renovar las jardineras y eso que vivo en lo alto de un campanario que no tiene ascensor. Los sábados son para comprar tierra, cargarla en la bici, luego en los hombros, subirla escalón a escalón, mover macetas, sacar la tierra vieja y bajarla a la calle, trasplantar los preciosos cepellones y regar. Acabo cansada, sucia, con las uñas embarradas, pero satisfecha. No obstante, no será hasta que los pájaros traigan la nueva mañana que mi terraza se despereza, se sacude la noche, se estira como un holobionte paciente que colecciona tonalidades de verdes y que se empeña en colorear una a una todas las flores. Y me lo entrega, me devuelve mi sudor transmutado en un haz de luz viviente que cuenta, que dice que mi pequeño jardín ingrávido me ama.
Después de la Primera Guerra Mundial, en algunos hospitales de Reino Unido utilizaron la horticultura como terapia de choque para recomponer las almas y sobrellevar el shock de las trincheras. Cuidar un huerto o un jardín tiene algo que te devuelve al eterno retorno; te amarra al presente y convierte el futuro en una promesa. Además, es en las cuentas del cuidado, la responsabilidad y la reciprocidad donde se despliega nuestra humanidad. Y luego, para nosotros los buscadores de belleza, está el torbellino sensorial que te condena a ser adicto a los colores, a las formas, al brillo de los brotes tiernos y al aroma de las flores. Pero no acaba ahí; cuidando un jardín, asumes que crecer, florecer y luego declinar hasta desaparecer y quedar condensado en materia orgánica —dejando, si acaso, un rastro de semillas— forma parte de ese rostro siamés y bifronte que son la vida y la muerte.
Cultivar es un puro acto de biofilia, hoy una forma de abjurar del asfalto y, seguramente, un tributo inconsciente a la clorofila y a las plantas, esos seres primarios en los que el ciclo del carbono es un viaje de ida y de regreso.
En la pequeña historia de la humanidad, las referencias a los jardines, a los huertos, a las flores son inabarcables, desde el latido breve de un haiku hasta las letras de ese trovador encarnado en un cuerpo de macarra que fue Robe. Siempre de la flor al cancionero, llama de la palabra viva que ni la heroína pudo sofocar, pues llevaba en las venas los versos antídoto de Lorca y de Miguel Hernández. Nunca abandonó su universo lascivo y psicodélico lleno de colores, de mujer con nombre de amapola y de primaveras a veces ácidas, siempre recurrentes. Cantar a las flores también es un acto de biofilia.
Mi vecina para el brunch, Mari Sol, otra amartelada de los colores, también tiene una terraza. Pero a la suya acude un mirlo todas las mañanas que le revuelve los tiestos y le trae nuevas semillas. Aunque ella no lo reconoce, escarbando en sus ojos como escarba su mirlo en las macetas, encuentro a la funambulista inteligente que oscila entre la diversión y el orgullo. Envidiosa, le pido: «Mari Sol, dile al señor Mirlo que le espero en mi terraza, que le planto sus plantas predilectas a cambio de su compañía».
Puede que el ecologismo sea una causa perdida, pero el amor a las flores, a los mirlos y al poema nunca lo será. En mi jardín aéreo, las portulacas son la ofrenda aleatoria y afortunada que me entrega la biosfera; los versos de Robe suelen ser mariposas doradas y verdes de volcán enflorecido; y yo, siempre en estado de espera, siempre en estado efervescente de ensueño, atrincherada en mi sitio de resistencia, envuelta siempre en el canto.