De amoresDe literatura

Piedad y despedidas.

En tus ojos mansos me gusta detenerme.

Detrás de ellos estás tú, tu sonrisa y el silencio

de los hombres justos y bondadosos,

los de la humilde raza que rastrean estrellas.

Sé que ni elevando mis talones alcanzo

a llamarte por tu nombre y que me respondas.

Junio pasó de largo y se llevó la frágil flor

que componíamos.

Pero a ratos te imagino, compañero,

cerca,  tus manos sobre mi talle.

Y a veces tu voz o el abrazo, amplio y ancho,

donde cabe la tarde del triste verano, la luz de aquel parque

y mis anhelos.
 

Sé que ni siquiera de puntillas alcanzo

a acariciarte pero algunas mañanas imagino

que tengo mi lugar en las estanterías de tus pensamientos.

Que abres mi libro, que recorres con tus yemas sus páginas

y lees algún que otro verso.

Que mi sonrisa y el modo en que te miro

te devuelven tu imagen, exacta, sin distorsiones,

de espíritu anciano y sabio

y que al leerme te reconoces.
 

Saberte y pararme en cada una de tus vidas

me inspira y aprendo que el amor no era así.

Que en el amor caben todos los abrazos,

el que duele, el que consuela y el que eleva.

Que juntas, piedad y despedidas, arropan el invierno.

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