De amoresDe literatura

Los tres abrazos

En tus ojos me gusta detenerme.
Tras ellos estás tú, la risa y el otoño
de los hombres benévolos y justos,
los de la raza humilde que rastrean estrellas.
Sé que ni elevando mis dos talones alcanzo
a llamarte por tu nombre y que tú me respondas.
Junio se fue llorando y deslució la flor
que componíamos.

Pero a ratos te sueño compañero,
próximo, tus manos sobre mi talle,
tu voz sobre mi voz o sueño con la plaza
despejada y clemente de tus brazos redondos,
donde cabe mi tarde de gorrión abatido,
el fulgor de aquel parque y mis anhelos.

Sé que tampoco de puntillas logro
acariciarte pero algunas mañanas sueño
que soy brisa aleteante, que en las noches me guardas
por los estantes de tus pensamientos.
Que abres este cuaderno y que recorres
sus páginas y lees algunos versos.
Que mi sonrisa y el modo en que te miro
te devuelven tu imagen clara, sin distorsiones,
de espíritu arbóreo y que al leerme te reconoces.

Te bendigo en cada una de tus vidas.
Y al fin aprendo que el amor es quedo,
que dentro descansan los tres abrazos,
el que calma, el que duele y el que eleva.
Que juntas, piedad y despedidas, arropan el invierno.

(versión en alenjandrinos y endecasílabos)

Versión original: Piedad y despedidas

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