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Nevado.

Recuerdo que viajábamos al país del colibrí
y paseábamos amantes por las montañas remotas
respirando el elevado aire, tan puro y prístino,
que nos oprimía el pecho.
Y allí estaban,
los pájaros mosca, diminutos y grises.
Los que traían el portento,
y anunciaban su revoltosa presencia
con ese zumbido de insecto.
Y nosotros allí con las manos enlazadas
y los ojos como platos
y al fondo ungiendo todas las tardes,
y anaranjado, el poderoso nevado.
 

Vimos el ave más mínima del planeta y la más inmensa.
Oteando con las hélices extendidas el hondo cañón
volando plácida y deshinibida.
Símbolo que nos obligaba a extender el cuello hacia arriba
en una imposible torsión para no perdernos el prodigio
de sus vuelo.
Y al fondo presidiendo el horizonte,
el nevado coronado por el antiguo hielo.
 

¿Recuerdas el camino serpenteante?
Aquel camino que hollamos, tallado en la montaña,
que recorría las alegres laderas
entre cafetales, árboles del trópico y bromelias.
Y nosotros allí, vitales, queriéndonos,
y al fondo, el nevado, inmaculado, mirándonos,
paisaje omnipresente de la ceja de la selva
mientras llegaba la noche
y nos iluminaban miles de luciérnagas.
 

¿Recuerdas?
Bajamos hasta el profundo bosque.
¿Recuerdas el alba plateada en medio de aquel lago?
Y el aullido de los monos al compás de los remos
y la luz de infinitos matices apoderándose del día
y buscándose coqueta en el inmenso espejo.
Y entretanto la selva y la vida despertaban y sus sonidos nos arrullaban.
Y todos, el agua, el río, la vida, nosotros,
mirábamos hacía arriba, a la cordillera, a la remota fuente
que nos hacia posibles,
agazapada al fondo del nevado.
 

Todo lo ocupaba el nevado, derramado sobre los valles.
Todo lo ocupaba nuestro amor, derramados sobre su silueta.
Al fondo siempre.
Y nosotros a su sombra, medrábamos.
 

II

Los hielos vuelven precarios y tristes,
pequeños, desdibujados, licuados.
Los hielos que crean las descabelladas vidas
que pueblan el río.
Los hielos que nos atemperan y nos acompañan,
se deshacen de pena
lentamente y sin tregua.
Reclaman tristes y enfebrecidos
nuestra vigilia, la duermevela del planeta.
 

Se perderá el pequeño colibrí si ellos se pierden.
Se arruinará el amor y nuestros pasos.
Decaerá la exuberante floresta.
Se agotará el lago.
Se perderán mis dedos extendidos para enlazar tus manos,
esas palabras de cariño que nos dijimos.
Olvidaremos el paisaje y las viejas referencias,
el bosque nuboso y los sonidos de la selva.
 

Todo lo perderemos si no abandonamos la urgencia
y no recuperamos el gozo sencillo
del viaje esforzado y sensorial de nuestras piernas,
dormir profundamente acunados por el río,
a la luz de las estrellas, hechos ovillo.
Todo lo perderemos si dejamos que el hielo se desvanezca.

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