De literaturade naturaleza

La lluvia.

Sentada a la sombra de la encina,
persiguiendo la venturosa trova
que reclame la requerida llovizna.
Busco en mi garganta atragantada,
el verso que repique gota a gota,
y que convierta en timbal la tierra seca.
Que traiga desde dentro y hacia fuera
la ansiada lluvia

 

Pero el fluido transparente que resbala,
no es  el agua que sofoca este fuego,
ni es el chubasco que apaga el incendio.
Son sólo mis lágrimas y las de todas,
dolidas y frustradas por no encontrar
la urgente lluvia.

 

Por esta impotencia, por la necedad
del desdén de los amores extraviados
a la arboleda, al breve ser vivo
que late dentro del loco caos del mundo.
Por no entender los cuidados precisos
nada nos salva, ni el arroyo, ni el río,
ni el embalse desnutridos de no sentir
la ausente lluvia.

 

No hay poema que traiga la lluvia de ayer.
La poesía, atada, no encuentra el caudal
que la eleve por encima de las nubes,
de esas nubes que olvidaron llover
y no se precipitan sobre nosotras
cantando como antaño y no nos traen
la risueña lluvia.

 

Quiero sentir que recupero mi voz,
empapada bajo un diluvio, recitando humedades,
gorgoteando sobre las rimas, sintiendo que el mundo
sana y se limpia y ríe y se expande.
Quiero sentir que llueve pero sólo siento su lamento
y no acude la lluvia, la que cura e hidrata
los corazones truncados, el vientre estéril y la ciudad inerte.

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