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Los emboscados

Plenilunio

El 29 de febrero de 2024 era noche de plenilunio, pero no cualquier plenilunio, sino la superluna más grande y hermosa de todo el calendario. Desde luego aquella noche era de esas especiales, una de esas fechas raras en las que soñadores y poetas urdían sus más bellos delirios.  Aun así, en aquella ciudad acecinada, ruidosa, de ritmo frenético, la metafísica de la noche en ciernes pasaba absolutamente desapercibida. Valentina era una ciudad bastante grande, de área circular de 187 kilómetros cuadrados y con un diseño extraño. La metrópoli estaba atravesada por cuatro amplias avenidas, anchas como autopistas que se cruzaban en el centro y decenas de calles más estrechas que como radios terminaban en el mismo punto. Desde arriba parecía una gran llanta de bicicleta gigante. Lo cierto es que, a pesar de tan curioso contorno, era una ciudad terriblemente hostil.  Diariamente por sus cuatro grandes avenidas pasaban más de 40000 coches y todo tipo de vehículos pesados a motor. Era un tráfico tan brutal e incesante que de forma insoslayable determinaba la idiosincrasia de cada uno de sus ciudadanos. Los vecinos y vecinas de aquella ciudad vivían – y no lo sabían- marcados por la máquina y casi siempre en esa constante ambivalencia de ser el propio tráfico o ser eternos transeúntes, condenados, ambos, a pasar de largo.

Así pues, aquel día -un día como cualquier otro, ensordecedor y mortecino- poco a poco fue agotando sus horas. Poco a poco, la luz del sol se fue transformando en una lámpara algo gastada, las sombras avanzaron entre farolas y alcorques y progresivamente coches, mujeres, hombres y niños fueron abandonando las calles. Para cuando llegó la medianoche, la ciudad era presa del sonido del viento y del ulular aflautado de algún autillo y nadie, nadie, sospechaba lo que estaba a punto de suceder.

Durante mucho tiempo después, los habitantes de Valentina especularon sobre aquel milagro, elaborando divertidas teorías sobre el insólito fenómeno que hizo que la ciudad se transformara para siempre. Pero esa noche toda la ciudad dormía y solo las pequeñas aves nocturnas, expertas en guardar secretos, fueron testigos de cómo en cada uno de los cuatro puntos cardinales de la urbe, suavemente, se depositaba un polvo fosforescente y cómo de entre el asfalto resquebrajado, con cierta impaciencia juvenil, se desperezaba un pequeño tallo. La luna meció el prodigio y en su seno una muralla valiente y verde bordeó los sueños, las calles, y las viviendas dejando a intramuros las vidas de los valentinos.  

Aquella legendaria mañana de marzo, el primer ciudadano que dio la voz de alarma fue el barrendero, atónito, se quedó mudo cuando al final de la avenida del Oeste, la higuera más grande del mundo cerraba el horizonte. Aquel buen hombre no tardó más de 20 minutos en saber que también al final de las avenidas norte, sur y este, tres colosales higueras proyectaban su sombra sobre los vecinos, los perros y los coches que enfurecidos tocaban el claxon como bisontes encarcelados.  La ciudad había sido sitiada.

El árbol de la flor inexistente

Durante siglos la higuera fue el árbol que regalaba frutos sin haber tenido nunca flor y “en las sagradas escrituras se contemplaba como jeroglífico de penitencia, templanza y dulzura” 1 pero esas historias dormían olvidadas entre los tomos polvorientos de la biblioteca y los valentinos no las recordaban. Ellos miraban hostilmente aquellas higueras imponentes como árboles del bien y del mal que de repente irrumpían en el paisaje urbano para quedarse, y como caprichosos centinelas de la tierra que reclamaban atención rompiendo el ritmo insano del reloj que se revolvía entre las ruedas, el caucho y el olor a gasoil de los motores. Y aquella mañana de marzo lo intentaron todo, intentaron serrar los enormes árboles, intentaron excavar un túnel en los troncos soberbios, intentaron ahogar las raíces con herbicida, pero nada funcionó. Pasaron los días y los ciudadanos de Valentina tuvieron que admitir que una muralla de vida verde impedía que los coches y camiones entraran y salieran de la ciudad. Así pues, Valentina, la ciudad asfixiada por el humo y la polución, aquel día inició una transfiguración profunda e inevitable que llevó con mano firme a los valentinos a otras salas interiores que hacía mucho tiempo que no habían pisado.

No pasó más de una semana antes de que recuperaran el vibrante y cantarín coro de los gorriones al amanecer y se dieran cuenta de que la ciudad era silenciosa y que las horas tenían su propia música, la propia de las vidas, la de la naturaleza ocupada en sus propios ritmos cósmicos y los sonidos de los seres que la habitaban. Un mes más tarde los asmáticos abandonaron el Ventolin, por fin respiraban un aire acrisolado, como de monte, que era una fiesta para los estorninos y los mirlos. No pasaron más de tres meses y un abril lluvioso para que las aguas primaverales arrastraran el hollín de las fachadas y la ciudad resplandeciera de puro limpio y el río borboteara prístino.  A los seis meses, el cambio era visible no solo en la fisonomía urbana también en los rostros de los ciudadanos que vivían entregados a la atención plena con un gesto de bondad en las sonrisas. Un año más tarde, los atascos, el humo, el claxon y sobre todo el ritmo frenético, habían sido olvidados.

Lo cierto es que la metamorfosis de la metrópoli fue aún más trascendente, la máquina propicia el contexto y un cambio abrupto, propicia cambios profundos. Pronto se constató que esos miles de metros cuadrados alfombrados de asfalto por los que antaño pasaban miles y miles de vehículos a motor eran inútiles y una manera muy tonta de desperdiciar la energía y el espacio. Así que los valentinos no tardaron mucho no solo en dejar de reparar las grietas sino en levantarlo y rescatar la tierra apresada, ávida de luz, aire y agua, sobre todo agua. Y entonces, el suelo como una esponja reseca y desvalida recuperó la pulsión por beber y lentamente el río subterráneo de la comarca anegó pozos, arroyos, manantiales y las lagunas de toda la región. Y al cobijo del acuífero florecieron los huertos y allí donde antes aparcaban coches y circulaban camiones, desfilaron las bicicletas y crecieron las flores silvestres de primavera y algunas capuchinas que las vecinas cultivaban por el gusto de comer en ensalada las deliciosas hojas.

Pero no todas las transformaciones en la época de las higueras fueron sencillas. Los habitantes de Valentina, aunque día a día ganaban autonomía tuvieron que aceptar algunas renuncias. Por ejemplo, tuvieron que reinventar el alcantarillado y modificar sus hábitos de baño y sus micciones. Tuvieron que reinventar la suficiencia, prescindiendo de todo aquello que llegaba de lejos, pues una plaga de higueras gigantes taponaba las arterias de todo el país. También tuvieron que acostumbrarse a la lentitud y renunciar a la velocidad y paradójicamente descubrieron que el tiempo fructificaba, que la velocidad a escala humana dejaba espacio para la contemplación.

Pero de entre todos los cambios que se fraguaron a la sombra de aquellos árboles de flor inexistente, el más íntimo, el más decisivo, fue perder la condición de transeúnte, perder la condición de tráfico para permanecer en el lugar y para quedarse a mirar al otro, tender la mano, estrechar el abrazo, trabajar codo con codo y sobre todo reírse. Y así, en los arrabales de la prisa, ganadas las calles, nació la comunidad, la plaza y el mercado donde se intercambian las palabras, los buenos deseos, los sueños y los recuerdos.

Los Emboscados

En una de las paredes de aquel luminoso salón señorial había una pizarra, sobre la pizarra escrito a tiza y con una caligrafía divertida y algo amontonada, se podía leer2:

Al otro lado, en la pared de en frente, junto a la puerta, se podían contemplar dos retratos tamaño póster un poco deslucidos por el tiempo e iluminados por la luz anaranjada de aquella tarde de febrero. En uno, el rostro sonriente de Mahatma Gandhi. En el otro, la imagen desaliñada y retadora de Unabomber. Al otro lado, el póster gigante de una bicicleta dibujada con trazos sobrios y el viejo lema, “la calle es tuya” que coreaban en la ya mítica Masa Crítica. Y en un tablón de corcho, los recortes de los periódicos que recordaban la conmoción de aquel suceso, de aquella invasión de higueras que a lo largo y ancho del país transmutó para siempre el rumbo de la historia. En la pared del fondo una estantería atesoraba libros y libros.  Y sobre la gran mesa en el centro de la sala descansaba “Energía y equidad” de Illich, “Autoconstrucción” de Riechmman, y el “El mito de la neutralidad de la técnica” de Almazán.  Pero todas las miradas siempre acababan en un tomo enorme, un incunable, que descansaba solitario en un atril, en sus tapas encuadernadas en piel ya ajada, se leía en letras doradas “In magicis vita plantae”. 

En la sala, además de la gran mesa de estudio, había dos butacas, en ellas dos mujeres a ratos leían, a ratos conversaban. Una de ellas tenía el pelo rojo e intensamente rizado y una preciosa sonrisa, la otra de cabello rubio ceniza y liso, tenía una bella mirada, inteligente y noble. Ambas parecían relajadas y en su lenguaje corporal se percibía la confianza de quienes han compartido múltiples historias.

De repente, el silencio de la sala fue perturbado por la entrada de un hombre de pelo oscuro que mirándolas exclamó:

–  Maje y María, ¡por fin os encuentro! Hoy es el gran día, ya hace 10 años.

Ellas le miraron y traviesamente sonrieron.

– Sí, hoy hace diez años – repitió Maje. – diez fecundos años.

– ¡Vamos! ¡Nos esperan! – insistió el hombre- El resto de las células están reunidas en la higuera del este, tenemos mucho que celebrar.

Las mujeres se levantaron y con un gesto cariñoso abrazaron a su compañero y juntos riendo a carcajadas cristalinas salieron del salón. La ventana se quedó abierta. Fuera, el ruido cotidiano de los habitantes de la plaza. Dentro, una ráfaga de viento desplazó las páginas del vetusto tomo sobre el atril. Y justo ahí, en ese instante, el último rayo del sol del ocaso alumbró un párrafo invisible que reveló con letra romana esta fórmula enigmática:

Encuentre la traducción en la nota tres 3

Mientras el rayo de sol se escapaba con la última hora de la tarde y las palabras mágicas volvían a su condición de invisibles, las risas de Los Emboscados se desvanecían. La higuera les esperaba.

FIN

(Nota: Este es un trabajo para una de las asignaturas del MHESTE: Filosofía de la tecnología, impartida por Adrián Almazán. Además, debo agradecer a Sebastián Bascuñana y Antonio Enciso su ayuda con la traducción de la leyenda al latín, fue divertido y quedó preciosa).


  1. Plantas de Zamora. Historia y leyenda. Tomo I (Autores: Ana María González y Augusto Krause)
  2. Extraído de “Cambiar las gafas para mirar el mundo”
  3. En luna llena de año bisiesto hágase un pequeño orificio sobre la tierra, deposite un higo silvestre seco y espolvoree con fósforo del Sahara. Las higueras así cultivadas serán de la especie «colosal», generosamente sempiternas.

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