De amores

La llanura infinita.

Cada una de las noches que pasé
con las manos enrocadas en tus piernas.
Los días desnudos de meticuloso trabajo
cuando engranábamos nuestros corazones.
Tú cada mañana deteniéndote en cada flor,
yo en cada viaje un poco más roble.
Todos esos segundos alimentaban la raíz,
la delicada y pertinaz raíz
que entretejía la trama de nuestro cariño.

Pero tú decías que el amor debiera hacernos libres
y yo recordaba al pequeño príncipe
buscando a su rosa domesticada
entre millares de estrellas florecidas.

Al fin me dabas razón.

Y porque el amor te apresaba
cercenaste la raíz con precisión de cirujano.
La raíz testaruda que nos anclaba al pasado
que otorgaba sentido,
que hacía refugio de la compañía.
La amputaste y la dejaste sobre la tierra,
seccionada, desarraigada,
desangrando recuerdos bermellones
para que empalideciera
y se fuera deshidratando irremediablemente.

Y ahora tú estás allí.
Huyes del vértigo del hombre maduro,
confundes la tabla con la balsa
y furtivo en tu destierro ya no te duelo.

Y ahora yo estoy aquí.
Surcando en el caos, ave vencida y huérfana,
bregando contra el viento inmenso del desasosiego
sin raíz que me ancle a unos brazos.
Incierta dentro de mí y entorno a mí.
Tocada para siempre por la maldición del desarraigo.

Y ahora, hoy, yo estoy aquí,
soñando que sueño
con cruzar de su mano
la llanura infinita.

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