De literaturade naturaleza

En círculos

A veces escuchas historias que te alcanzan. Una delfín deja de respirar por pura voluntad y se deja morir en los brazos de su cuidador humano. Aquel hombre nunca volvió a ser el mismo y se convirtió en uno de esos raros héroes que entregan lo más valioso que tienen, su tiempo, para defender a otros. Escuchas esta historia y entiendes que los delfines son perfectos seres sensibles 1. Seres perfectos, acuáticos, que viven entre las olas y en esa otra dimensión de los ultrasonidos, esa dimensión en la que somos transparentes y en la que ellos son reyes, capaces de sentir el latido de un bebe en el cuerpo de una mujer embaraza, capaces de vernos a través de los ecos de nuestros cuerpos. Tan distintos y tan semejantes. Aquel hombre, aquel día, entendió que entregaría su vida para que ni un solo delfín fuera privado de la libertad de surcar el mar con sus compañeros. Aquel día, aquel hombre, entendió que su amiga sufría. Escuchas esta historia y te deja una diminuta herida, otra más, y, mientras tanto, llega la primavera y el 12 de mayo regresan los vencejos a tu ventana. Este año los esperabas, lo esperabas tanto, que sabes exactamente la mañana en la que sus trinos te llamaron. Primero su algarabía, después abriste el ventanal y allí estaban, trazando en el cielo curvas imposibles, la viva expresión de la libertad. Cuando los miras siempre piensas en ese verso de Miguel, “un ser ardiente, claro de deseos, alado2. Los vencejos son seres del aire por excelencia, duermen arriba, en el cielo, flotando, a dos kilómetros de nuestros tejados y sólo se posan para anidar. Los diez meses restantes del año vuelan y vuelan y vuelan incansablemente. Estos vencejos que retornan a tu ventana son peregrinos experimentados, vienen de un largo viaje a través del planeta, cruzando las estaciones, saltándose los inviernos. Pero regresan de nuevo y te da por pensar si se alegrarán de volverte a ver o si serán indiferentes en su universo ingrávido a tu corpórea admiración. Te preguntas si este 12 de mayo no te estaban avisando: “ya hemos regresado”. No tiene importancia, de un modo u otro compartes tu tiempo vital con estos vecinos alados y de un modo u otro son tus compañeros encaramados, a su vez, en la misma flecha del mismo destino que el tiempo os tiene reservado. Y esas corrientes de aires, sendas del cielo, misterios del planeta que los vencejos conocen como nadie, son las que levantarán el polvo del Sahara, polvo que viajará una vez al año atravesando el océano y que una tarde cualquiera caerá sin ruido, discretamente, sobre el Amazonas. Todo se transforma. Polvo y fósforo, como diamantes microscópicos, que propiciarán las flores de las selvas. Es difícil imaginar que el bosque más profundo del mundo requiere del desierto más extenso para florecer, la vida con todo su brutal esplendor depende de la aparente sobriedad, de la inacción de esas montañas, desmenuzadas por el paso del tiempo y los elementos, que son las dunas. El Sahara mima al Amazonas y el viento es su celeste porteador. Y entonces recuerdas que en ese viejo libro que relees había un capítulo sobre Pelerín, la selva nocturna, y Goab, el desierto de colores. Otra vez los opuestos unidos por la piedra que se desmenuza hasta convertirse en flor. Y te preguntas si el bueno de Michel Ende, antes de escribir la Historia Interminable, conocía la íntima conexión del Sahara y el Amazonas y luego piensas que no, piensas que seguramente Ende era uno de esos extraordinarios humanos con acceso directo a la memoria colectiva del planeta, de esas personas tocadas por el talento de encontrar historias buceando en las tramas de las vidas. Y su fantasía es un universo de universos3, formado por infinidad de mundos, mundos que desafían la imaginación y que nos convocan a la sorpresa. Como aquel lago salado de la Historia Interminable, un lago hecho con las lágrimas de los Ayayay y entonces piensas en tu mar, en ese Mare Nostrum que hoy es la frontera de la vergüenza. Y te dices que si dejamos que miles de personas viertan sus llantos de desesperación y horror en sus aguas, tal vez en unas décadas se convierta en un gran lago salado conformado por el duelo hecho lágrima de miles y miles de cuerpos y los restos de nuestra dignidad desmenuzada. Pero ante el nihilismo desgajante y esa “nada” que devora nuestros paisajes, ante la falta de fe en nuestro corazón, el poeta vagabundo nos recuerda que “el bien es mayoría, por cada bomba que destruye hay millones de caricias que alimentan la vida4 son millones quienes se ocupan y cuidan de otros. Solo necesitamos a un pequeño niño emperador que nos cuente la historia de otra manera, tal vez necesitamos al anciano errante5 que escribe la historia en la que comprendemos y aprehendemos  las conexiones de por qué la vida en el planeta transcurre entre las dos naturalezas del tiempo y estamos en perfecta armonía con las estaciones, de por qué podemos sentir el dolor de un delfín como si fuera el nuestro, de cómo pertenecemos a la red preciosa de los vivos.

Esta triste humanidad insaciable, tan vulnerable como fáustica, tan exagerada como perdida6, ha de iniciar un viaje a la desposesión para encontrar su última y verdadera voluntad, la más esencial: ser capaz de amar. Y en el núcleo de esa compasión, y solo allí pues “sólo quien ama, vuela7” nos crecerán unas alas flamantes de vencejo para elevarnos por encima del odio y la indiferencia, para conjurar la nada y sanar nuestro planeta.

  1. En el documental The Cove
  2. Vuelo (Miguel Hernández
  3. Ama tu ritmo (Rubén Dario)
  4. Facundo Cabral
  5. En la Historia Interminable, el opuesto a la emperatriz infantil, el encargado de escribir la Historia Interminable
  6. Sobre este tema, “Moderar Extremistán” de Jorge Riechmann
  7. Vuelo (Miguel Hernández)

Deja un comentario