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De lobos y bicicletas

Ayer pedaleé por la bella Sierra de la Culebra recientemente nombrada Reserva de la Biosfera. Me acerqué al Centro de Recuperación del Lobo Ibérico y luego por un camino forestal tomé una deteriorada carretera que une dos pequeños pueblos. El paisaje era impresionante, en su mayoría monte bajo, pinos, algunos robles y en las inmediaciones de los pueblos muchos castaños. Vi muchos ciervos, mejor dicho ciervas con sus cervatillos cerca. El camino era tan malo que apenas circulaban coches, así que por allí iba yo con mi bicicleta sorteando los baches, indistintamente por la derecha o por la izquierda y con una intensa sensación de bienestar.

La sierra de la Culebra alberga la mayor población de lobo ibérico. Este animal, compañero en nuestro viaje por la historia del planeta y al que durante siglos le hemos declarado la guerra, se ha extinguido practicámente en todo el hemisferio norte donde habitó desde tiempos inmemorables. Extinguido no es el verbo adecuado, en realidad lo hemos exterminado, puesto que a este magnífico depredador se le ha considerado desde siempre una amenaza para el ganado. Sin embargo en estos montes al Norte del Duero por una serie de factores afortunados, la población de lobos se ha mantenido y poco a poco se ha recuperado.

Así pues los habitantes de Sanabria, la Carballeda y la sierra de la Culebra han crecido con este mítico animal. Sus ganaderos nunca abandonaron las costumbres ancestrales que protegían el ganado. Y en toda la comarca en las últimas décadas se ha potenciado el eco-turismo del lobo y miles de personas llegan todos los años para avistarlos.

Todos los veranos de mi vida los he pasado aquí. Esta tierra es la tierra de mi infancia. El lugar donde corría libre de un lado para otro cuando era una niña y el lugar donde aprendí a amar la naturaleza. ¡Y cómo no amarla si hasta en casa tuvimos un lobezno al que criamos, mientras pudimos, como uno más de la familia! Mi padre me cuenta que yo dormía con el lobezno que lejos de estar domesticado, nos consideraba su manada. Así que recorrer estos paisajes sobre Vagamunda, me hace sentir plena, muy plena. Dos de las cosas que más amo, esta tierra y la bici, unidas por el estrecho lazo de los recuerdos.

Ayer la sesión en el Centro de Recuperación del Lobo Ibérico fue muy pedagógica, además tuvimos la ocasión de ver un macho, dos hembras y un lobato a menos de 10 metros. Todo esto dentro de un programa de educación ambiental que intenta concienciar y demostrar que la presencia del lobo es fundamental en nuestras montañas. Pero yo tenía una pregunta, ¿por qué en la sierra de la Culebra y en general al Norte del Duero se habían mantenido las manadas mientras en otros puntos de España, como Gredos o Guadarrama desaparecieron totalmente? La respuesta está en la historia, durante los años 60 y 70 en estas tierras se produjeron dos hechos relevantes: un enorme éxodo rural que despobló los montes y la reintroducción de ciervos procedentes de las sierras de Jaén. Así que los lobos sin pastores que los cazasen, con presas abundantes y montes remotos en los que refugiarse, prosperaron y se mantuvieron estables. Pero hubo además, posteriormente, un cambio legislativo que supuso un punto de inflexión. El lobo se consideró especie cinegética, con lo cual cada lobo paso a tener un valor económico per se. Es triste observar que allí donde ha sido considerada “especie estrictamente protegida” casi ha desaparecido y allí donde su muerte tiene un valor monetario ha sobrevivido.

Lejos, muy lejos de defender que el lobo pueda ser cazado a cambio de dinero, me gustaría hacer una reflexión: ¿Qué clase de sociedad hemos construido que no comprende que el lobo por si mismo es un actor esencial en nuestro paisaje, que su presencia es vital y su papel imprescindible? ¡En qué sociedad vivimos que para proteger la vida tenemos que ponerle un precio, cuando la vida es tan valiosa que no tiene precio!

Hoy los lobos están regresando a aquellos lugares donde antaño los mataron. Se siguen enfrentando a los antiguos problemas pero además mueren atropellados en las carreteras. Así que cuando yo voy por aquí pedaleando por estas sierras en mi silenciosa bicicleta, pienso que soy una amiga, que soy la hermana de aquel pequeño lobito que compartió mis juegos, que paso por su hogar sin dejar huella, sin amenazarles y sin apenas rastro. También pienso que para construir ese otro mundo donde quepamos todos necesitamos respeto, amor, bicicletas y lobos.

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